María y la búsqueda de la maternidad

Hola, amigas, hola, lectoras queridas, hola, compañeros :

Hace tanto tiempo que no aparezco por aquí que muchas podéis creer que he desaparecido definitivamente. No, no os preocupéis: si algún día tengo la necesidad de decirle al mundo que no hay un lugar para María en mí, os avisaré a todos de esa decisión. Como la mayoría sabéis, María nació de una necesidad de explicar y de integrar en mí los sentimientos que me producía el amor por una mujer (algo más difícil de integrar que la pura atracción física y erótica por muchas otras mujeres). Ahora María soy yo, en cuanto a que ya no me supone ningún problema sentir lo que siento.. y porque Laura, origen de mis conflictos más por ser amor que por ser mujer, ha desaparecido de mi vida como fuente de estrés o de tensiones, no como la persona que sigue existiendo tan cerca físicamente de mí como antes.. pero a una apropiada distancia emocional.

Algunas lo sabéis, porque lo observé hace tiempo, hace años, en estas mismas páginas: lo que yo esperaba de Laura tenía mezcla de amor romántico y erótico con una necesidad de admiración. Necesitaba ser «quien todo lo puede», para alguien.. analizado desde otra perspectiva, casi sonaba a necesitar ser el galán que sacase de apuros a una frágil princesita, que me admirase profundamente.  Ese nunca podía ser el punto de partida de una relación adulta o entre iguales… y poco a poco fui dándome cuenta de que esa necesidad de ser tan biológicamente importante para alguien se llamaba «maternidad». Lo único que faltaba por encajar era el hecho, biológicamente imprescindible también, de entender que esa supermamá iba a serlo por muy poco tiempo: el tiempo que tardan los propios hijos en darse cuenta de lo que pueden hacer por sí mismos y exigen poder hacerlo a las propias madres, algo que me vendría bien asumir antes incluso de que sucediera. Enseguida entendí que ese anhelo de maternidad era físico, incluía el deseo de engordar mucho, de ensoñarme en un embarazo, de estar cansada y dormir, de desconectar de la energía de la vida productiva, de sentir la piel en contacto con la propia piel, de notar un agotamiento fuera de todos los límites conocidos hasta ahora.

Tuve la suerte de que Dante lo abordó como un paso nuevo y quizá bonito en nuestra vida común, redescubierta después de la profunda crisis. De que quiso venir conmigo y, esta vez sí, formar parte de todo, de las dudas, las ilusiones y los miedos. Fue hermoso que fuera así, porque los vivimos en muy pocos meses, cuando las alarmas empezaron a decir que era muy raro llevar tantos intentos sin conseguirlo, cuando la medición de la hormona nosecuántos indicó que pasaba algo, cuando los médicos empezaron a mirarnos con aquella cara de paciencia y cariño que te da tanto miedo cuando eres paciente. Entonces comienzas a mirar al mundo (y a la sanidad pública) con otros ojos. Comprendes que marcharse de vacaciones a un lugar exótico y paradisiaco para desconectar hará embarazarse a otras parejas en un sueño inconsciente, mientras que tú, si lo consigues, estarás rodeada en ese momento de batas blancas, de terceros y cuartos, de pastillas, inyecciones y normas a seguir. También que habrás hablado con tu pareja de muchas otras cosas.. y firmado una serie de efectos secundarios con los dedos cruzados y tratando de hacer como si no los hubieras visto… excepto para saber reconocerlos.

Desde un primer momento, mi anhelo de maternidad, más difícil de conseguir que el de otras mujeres, pero posible de lograr gracias a la ciencia médica, ha estado respaldado por una solidaridad preciosa entre mujeres: una médica encantadora que te cuenta que, si tienes la mínima sospecha de estar embarazada, no debes donar sangre y que ella está en ese mismo momento, dos enfermeras que te hacen una prueba y te dicen «mucho ánimo, ya verás como en muy pocos meses estás aquí para una eco en vez de para esto», asistentes de antipáticos doctores especialistas en reproducción (¿cómo pueden elegir para ese trabajo a personas con la empatía de una lata de sardinas?) o farmacéuticas que te abren la puerta un sábado por la tarde o un día de semana a las nueve de la noche para que puedas empezar el tratamiento exactamente cuando lo necesitas.

Ahora, año y medio después de los primeros intentos fracasados, la lista de espera se me empieza a hacer larga. Ya sé que antes de enero difícilmente me llamarán para un nuevo tratamiento. He escrito un pequeño diario, he dado forma a mis sentimientos sin hablar de ellos más que con mi pareja y algunos intimísimos amigos (quería evitar tener que dar el parte médico a demasiadas personas y pasar por el trance de comunicar fracaso tras fracaso, teniendo finalmente yo que consolar a los demás), pero finalmente he pensado que necesitaba una ventana para expresar lo que me sucedía, superar las distintas etapas afrontando la posibilidad de un fracaso definitivo  y, como siempre, esperar que sirva de ayuda a otras mujeres que estén viviendo el mismo momento que yo.

Un abrazo a todas.

 

¡Vivan las novias!

Llevo oyendo oír hablar de su boda en mi Facebook durante varios meses y no he podido resistirme a mandarles esta carta de amor por su amor, para que la lean juntas al despertar, para que, de alguna forma, acompañe sus vidas.

Es para la bloguera «Entendemos» y su novia y futura mujer. 🙂 🙂

 

«Queridas chicas:

Yo sé que a vosotras os gustaría oír que esta es una boda como todas las demás; un homenaje sencillo a las personas que os quieren y a las que les hace tanta ilusión oíros decir que os queréis, que queréis formar una familia y seguir construyendo una vida juntas. Pero en el mundo que hemos creado, tan deficiente a veces en lo que respecta al amor, esta no es una boda cualquiera, sino un paso adelante para toda la sociedad, que ha tardado mucho en quitarse la venda de los ojos, en proclamar ante todo el mundo que el amor siempre es amor.

Mientras esto terminaba de suceder, vosotras no habéis podido ser solamente dos personas más que se descubrían la una a la otra, que se gustaban, que se sonreían pícaramente, que notaban en el roce de sus rodillas el cosquilleo tímido que nos dice «es esta persona y lo sé». Habéis tenido que ser valientes desde el primer día, desde que empezaron esos sentimientos que la sociedad os había enseñado a entender como amor, pero para los que faltaba un modelo de conducta; ese modelo que durante mucho tiempo la sociedad solamente construyó con el esquema de amor entre hombre y mujer.

«Hombre y mujer los creó», dijo la Biblia hace muchos años. Vosotras decís hoy, con la frente muy alta, con la sonrisa puesta y la mirada cariñosa, que a vosotras os creó mujeres, mujer y mujer. Valientes, decididas, enamoradas, felices, conmovidas ante una nueva vida en la que ya no seréis más una sola, en la que sentir, respirar y entender el mundo es algo que siempre estará asociado a cómo lo siente y lo entiende quien respira a nuestro lado, a nuestro mismo ritmo.

Gracias por este regalo que hacéis a la sociedad en forma de vuestro cariño, ese amor que queréis compartir con el mundo. Ojalá recibáis de él muchas manifestaciones de amor. Nunca sabemos qué nos depara el destino, las dificultades que nos traerá la vida. Pero a vosotras, sin duda, os va a traer una sonrisa especial. Porque sea lo que sea lo que os toque vivir, vuestra voluntad de permanecer juntas empezó como un desafío y seguirá dándoos fuerza en ese mundo que, cada día, cambia y mejora un poquito más cuando dos personas que se quieren comparten su amor con todos nosotros. Gracias de corazón, chicas. Toda la felicidad del mundo parece poca al lado de la que yo deseo para vosotras «.

 

 

 

 

 

 

 

 

Un pequeño paso por la visibilidad

Ya me había fijado en ella el año pasado: ese pelo corto, la ropa estilo chico, una personalidad que se ve suave camuflada bajo ademanes cuidadosamente maquillados para parecer un poco bruscos. Destacaba entre las demás chicas de ese taller y me pareció apreciar una sonrisa especial por su parte en la semana en la que compartí en redes sociales las «reflexiones de un profesor gay fuera del armario».

Hoy estaba sentada con una chica, básicamente una sobre la otra, en esa zona del edificio donde los chavales mayores que van se ponen a fumar aunque, en realidad, esté prohibido. Las vi y aprecié que, a pesar de estar en su nube romántica, en realidad se habían situado en una zona muy visible.

No lo dudé mucho. Pasar de largo, dejarlas «en su intimidad» era una forma de hacerlas invisibles. Y, si estaban allí, no era para ser invisibles, sino para dejarse ver. Otros dirían «para dar que hablar» y puede que hasta sea posible.. y desde luego es muy necesario mientras siga habiendo gente que piense eso.

«Ya podría para de llover ¿verdad, chicas?»

Saludaron, se volvieron sonriendo, sin desatarse de su bonito abrazo, sentadas a lo largo del banco. Hablamos un poquito de los planes de la tarde y el terrible mes de mayo para los estudiantes. Recogí y me fui, sin olvidarme de desearles un bonito fin de semana.

Diría que se quedaron contentas, pero yo me fui más feliz aún que ellas… Emoticón smile Qué bonitas estaban.

Una gota de ansiedad

En el mar en calma que es mi vida ahora, en un momento en el que todo parece conducir de forma sencilla de un día hacia el siguiente, de una alegría a otra, en un tiempo y espacio que combina a la vez cotidianidad y novedad, sí hay una gota de ansiedad. Esta gota de ansiedad no tiene que ver con el amor de pareja, pero sí con ciertas decisiones acerca de cómo se quiere llevar la vida de adulto… y si esto es posible.

Estamos en ese momento en el que todo podría ser posible, pero la vida te va a conducir hacia un lado o hacia otro, pero no hacia los dos al mismo tiempo. Y en el punto en el que nos encontramos, hay más de azar que de elección en ambas posibilidades.

La gota de ansiedad se gesta a diario en páginas no escritas de una vivencia descrita por muchas personas como algo muy duro, pero que a mí, después de haber vivido el dilema de definirme como lesbiana o bisexual, después de haber caído sobre nosotros la enfermedad y la dependencia de esta persona de nuestra familia (como os contaba por Marzo), me resulta más sencillo de gestionar que otras muchas cosas. El otro día leí un artículo sobre cómo sobrellevar bien esta situación y me sorprendí enriqueciendo el texto con las distracciones y las desconexiones que he ideado para mí misma.

No, no os lo puedo contar. Esta vez no. Ya sé que parece paradójico que os haya podido contar todas las intimidades de mis sentimientos homosexuales durante más de dos años y que ahora esto no lo pueda compartir, pero en este caso sí he prometido a una tercera persona que guardaría el secreto, cosa que hago con amor.

Por otro lado, Ángel (sí, lo sé, todas y todos habíais adivinado ya que se trataba de él) supo poner la distancia correcta antes de atraparse más de la cuenta. Ni siquiera necesitó una conversación para entender que la respuesta iba a ser «no», un «no» que podría ser el punto de partida de cabreos o incomodidades que a ninguno de los dos nos merecía la pena vivir. Ahora, cuando escribe desde los cientos de kilómetros que nos separan, noto que sigue rellenando su hueco emocional y que el tiempo que pasó trabajando entre nosotros le sirvió realmente para reconstruir sus bases, para volver a decir «esto es lo que quiero», tanto en su vida profesional como en la personal. Personalmente, me enorgullece muchísimo que esto sea así, que no se haya generado una situación de enganche doloroso para ambas partes, como la que yo viví con Laura.

Cualquiera que observe mi vida real desde fuera, las jornadas del trabajo regulado y normativo sumadas a las del trabajo de mis sueños, el activismo y los compromisos personales (amistad, familia, dependencia) se sorprendería de que me refiera a este periodo como «el mar en calma» con solamente «una gota de ansiedad». Pero es así y si esto es posible, vosotras habéis tenido mucho que ver, ayudándome en la etapa anterior, ayudándome a salir de la tormenta.

Un abrazo, chicas. La próxima vez prometo no tardar tanto en reaparecer… 🙂

La ex-novia de Gustavo

No somos amigos, pero amigos comunes nos acercan.

Lo está pasando mal desde que ella le dejó. Le dejó a medias, como suelen hacerse estas cosas cuando existe un entorno con demasiados amigos comunes y es difícil dar el paso de alejarse de verdad.

Le veo atrapado en la espiral tóxica de intentar acercarse, de evocar el tiempo juntos, de suplicar el retorno, de utilizar a los amigos como testigos de su «verdadero, único, inquebrantable amor». Le veo humillarse inútilmente y perder el respeto por sí mismo. Y me jode, porque entiendo que si diese el paso de no dejarse chantajear por los recuerdos y por la cercanía de esta chica, si la diese por perdida y se dedicase a reconstruir su vida, seguramente se encontraría bien. Además, si lograse aprender a estar solo y supiese diferenciar el vínculo amoroso de lo que es proyectar inútilmente algo que ya nunca será, tendría estrategias mejores con las que abordar su vida y ser más feliz.

Supongo que esto es lo que yo debería haber visto en mí en 2012… un único «no» debería bastarnos para dejar de insistir, para alejarnos en la medida de lo posible (porque siempre es posible; pues la verdadera distancia se pone por dentro). Pero me dejé atrapar en la misma espiral por Laura.. porque es algo que no tiene que ver con nuestra capacidad intelectual, con nuestra inteligencia: no, te dejas atrapar porque eres humano, porque sientes, porque imaginas.

Evocaba el otro día a su chica cuando despertaba, medio dormida, por las mañanas. Sus ruiditos, su belleza. Ahí sí que le entendí y ahí sí que hubo una punzada de nostalgia.. Puedo vivir feliz cada día al lado de quien estoy, puedo disfrutar de los momentos juntos y de haber aprendido a querernos de verdad. Pero es cierto que despertar al lado de una mujer, sentir su perfume y la suavidad de su piel y su respiración tan cerca es una experiencia maravillosa, única. Ahora bien.. ¿de qué la nostalgia si entre nosotras jamás hubo algo que pudiera acercarse a una noche de amor, aparte de dormir abrazadas? Deseché el pensamiento, porque era un recuerdo inventado de algo que nunca existió.

Supongo que a él también debería decirle que dé el paso. Que todos hemos vivido una sensación similar alguna vez en nuestra propia historia personal. Que es único e irrepetible a pesar de sus debilidades, que inevitablemente habrá otras chicas en su vida y que lo único que debería ser capaz de hacer es de asumir la ruptura como algo real, dejar de pelear por ella, comenzar a pensar en sí mismo y lo que necesita, y reconstruirse.

Tengo amigos y amigas inteligentes y sensatos.. pero ahora veo que nadie se atrevió a decírmelo a mí en aquel entonces, con esas palabras: «Ya te han dicho que no. Ahora aléjate. Rápido». ¿Es tan difícil separar las relaciones sanas de las tóxicas? Quizá ahora lo veo todo más nítidamente porque en realidad he vivido pocas relaciones tóxicas y Laura fue la única persona que, al lograr que me toxificase yo entera, me hizo capaz de reaccionar diciendo «no quiero repetir esta sensación».

No sé casi ni cómo concluir el párrafo. Pero echo en falta en las escuelas que nos ayuden a identificar las sensaciones, las emociones, la influencia de las personas.. quizá no llegaríamos a adultos con tantas lagunas.

Papá

«Papá» es papá desde hace poco.

Nos sorprendió mucho cuando se decidieron, cuando él y ella nos contaron con un mailito muy cariñoso que estaban embarazados.

Mamá está tan hueca y deslumbrada con su nuevo bebé que ha perdido un poco el contacto con la realidad.

Papá, un gigante de casi dos metros de alto, resulta curioso de observar con su pequeña en los brazos o las rodillas. La observa con frecuencia y sonríe con una cara de tontorrón antes nunca vista… pero intenta que no se le note.

Su bebé es la niña más bonita que hemos visto nunca Dante o yo y eso que, por nuestra peligrosa franja de edad, estamos totalmente rodeados de familias con niños. Es casi imposible no hacer mención de la preciosidad que es la cría, con sus ojos enormes, la naricilla y mejillas redondas, la sonrisa, la cabecita suave.

Pero el otro día me di cuenta de que papá ha eliminado la palabra «guapa» de su vocabulario. Me sorprendió. Pensé que sería casualidad y probé otro par de veces. Pero la palabra no salió de su boca y entendí que era una decisión consciente.

«Es una niña muy alegre, estamos contentos. También es sociable, simpática. Tuvo una temporada más tímida, pero ahora es más extrovertida. Duerme bien, le encanta comer… ¿qué más se puede pedir?»

Y me di cuenta de que me sentía muy orgullosa de que uno de nuestros mejores amigos intente desde el primer momento que a su hija se la valore por su carácter y personalidad y no por su aspecto físico o su belleza.

Qué bien lo estás haciendo, papá. Algún día este camino que has adoptado será muy importante para la autoestima de tu nena… Ojalá no tengas miedo de profundizar en él.

Apocalíptica e integrada…

¡Chicas! ¡Chicos! Buenos días.

Sí, lo sé. Lo menos son tres meses desde que no me leéis por aquí.. quizá incluso sea más.

No han sido perfectos desde un punto de vista existencial… la verdad es que no. En estos meses se ha decantado un problema bastante grave y que concierne a mi libertad: una persona de mi entorno muy cercano ha caído en una situación de dependencia irreversible y con más probabilidades de empeorar que de mejorar. Una persona que nos ha requerido muchas energías.. e indudablemente las requerirá aún más en los próximos tiempos. Por eso os decía lo de «apocalíptica»..

Sin embargo, en estos tres meses yo he sabido quién era y qué quería hacer. Insisten mucho en que el infierno no está fuera de nosotros mismos y es cierto: ahora sé quién soy, por qué vivo como vivo, por qué he elegido lo que he elegido… y eso me aporta una valentía especial a la hora de encarar las cosas, las vivencias, el día a día.

Ahora nuestras vidas consisten en hacer más aceptable y admisible la vida de la persona enferma y, a la vez, por perder lo menos posible de nuestras propias vidas. En fin.. el apocalipsis ya está integrado.

Hace un par de meses, en los días en los que no tenía tiempo de escribir, leí este texto: Reflexiones de un profesor gay fuera del armario

Llevaba tiempo pensando que quizá esa fuese la fórmula correcta de explicar mi tendencia sexual a las personas a las que me apetecía contárselo sin dar la impresión de que les confiaba algo tremendamente íntimo. Quería poder hablar sin la pesada carga de la confidencia, de la revelación de algo muy especial. Lo puse en práctica no hace tanto, en un par de ocasiones no muy relevantes, pero también cuando tuve que hablar con mi amiga Marina de su nuevo novio.

¿Y por qué, os preguntaréis?

Pues porque el nuevo novio de mi jovencísima amiga Marina es una persona especial, muy inteligente y brillante… y yo le conocí en un remoto pasado en el que salió del armario un tanto a regañadientes para reconocer una relación sentimental con un chico de su edad. No, la verdad es que no eran exactamente una buena pareja y la cosa duró poco. Así que cuando Marina me explicó que estaban juntos, tuve que recolocarlo dentro de mi cabeza, pues desde aquella vivencia me lo había imaginado ya eternamente emparejado con chicos. Y no me sorprendió pensar «estos dos sí que pueden funcionar».

Mientras Marina pensaba con rostro entre contento y feliz por el emparejamiento con tan interesante muchacho y se revolvía un poco por el miedo ante lo desconocido (alguien que tal vez pueda enamorarse en un futuro de otra mujer pero también de otro hombre) , me di cuenta de que necesitaba saberlo. De que la etiqueta «bisexual» sería mucho más asumible si si extendía a alguien a quien ella conociese y apreciase. Alguien como yo, por ejemplo.

No sonó a confidencia ni a revelación. No quise que pareciese ni siquiera importante. Pero Marina arqueó una ceja y dejó caer la cabeza; uno de sus gestos favoritos cuando has confrontado su pensamiento sin querer y un pensamiento se revuelve y deja paso a una luz nueva.

Es una chica maja. Y no dudo de que su nuevo chico y ella han sabido elegir bien, bien, tremendamente bien…

Las mujeres, nuestra sociedad y el miedo.

Es de pequeña estatura, rubita y mona. Tiene un cuerpo bonito, que insinúa con acierto, y tan encantadora resulta a la vista como grandes son sus complejos. Ya he tenido más de una ocasión de comprobarlo, pero aún me resulta curioso que alguien que por lo menos tiene cuatro o cinco años más que yo sea tan frágil. Es delicada, frágil como una niña pequeña y a veces me pregunto de dónde le vendrá esa falta de confianza en sí misma, en su propia capacidad. Una «niña» así debería fomentar con más cuidado su fuerza interior, en este complejo mundo en que vivimos. ¿Cómo es posible que nadie se haya dado cuenta antes…? No sé, una mamá, un papá, un hermano… alguien muy próximo que hubiera podido fomentar su autoestima y su capacidad de encarar el mundo.

«A menos que esa sea la causa, precisamente, de su escasa fuerza», me planteo siempre en esos casos.

El otro día, mientras me confiaba un problema que había tenido, me di cuenta de que, si quería ayudarla, tenía que aportarle mi propia capacidad resolutiva. Nos enlazamos de un brazo y caminamos juntas hacia la resolución de su problema, que, ciertamente, era fácil de resolver superado el primer bloqueo mental, el primer atisbo de miedo. Disfruté de sentir cómo dos mujeres juntas y cogidas del brazo habíamos resuelto algo juntas. Recordé aquellos momentos de mi existencia en los que solamente era capaz de imaginar mi vida cogida del brazo de otra mujer.. y sí, recordé también que, hasta ahora, las mujeres en las que me he fijado siempre han sido algo más frágiles que yo, alguien a quien proteger y cuidar en la mayoría de los casos… pero que también tengan en su propia fragilidad un amor que pudiera sostenerme a mí.

Hace algunas semanas, me sorprendió que Alicia (embarazadísima de ocho meses) se animase a venir conmigo a un concierto de nuestro cantante favorito. «Pero Ali, que vamos a tener que estar de pie la mayor parte del rato», le dije yo. Y nada, lo que hicimos fue llegar pronto para poder instalarnos en una zona en la que no podíamos estar sentadas, pero sí apoyadas en una pared.

Mi fantasía despertó y viajó un rato al lado de esa preciosa mujer embarazada. No siento nada por Ali, ya lo sabéis, somos buenas amigas. Pero me resultaba fácil de nuevo imaginarme en el mundo al lado de una mujer, de un futuro niño, incluso aunque ya no forme parte de mis planes el estar con una chica. Forma parte de la naturalidad de esa imagen con la que conviví tantos años como si fuese un problema y se reveló un día como una posibilidad legítima y preciosa, aunque finalmente fuese rechazada como realidad ante otra realidad anclada con más fuerza en mi corazón.

De pronto me trajeron de vuelta la trifulca, el ruido. Un estúpido que teníamos demasiado cerca, al lado izquierdo de Alicia, se enzarzó en una discusión violenta con un chaval más joven que tenía al lado. Yo estaba del lado derecho, pero enseguida intuí qué podíamos hacer. Rodeé a Ali de espaldas con mis brazos, me situé entre ella y el agresor y juntas, con las manos sobre su tripa, dimos ambas espaldas a la pelea, situando al peque lo más lejos posible del lío.

Caminamos un poquito más adelante y, poco después, ambas nos rendimos. «No, tenías razón, no era el mejor lugar para estar», se rió Ali, mientras nos íbamos de allí.

Sentí entonces, con la certeza de una vivencia física, lo difícil que es nuestra sociedad, nuestro heteropatriarcado para dar estabilidad y seguridad a dos mujeres juntas. Ambas, juntas en medio del jaleo, éramos una metáfora perfecta de lo que es una pareja de mujeres en medio de nuestra sociedad. Nos sentí en ese momento demasiado frágiles como para protegernos, yo canija como un ratón, Alicia gordísima con un bebé por venir. Entendí por qué realmente algunas mujeres tienen miedo de sentirse demasiado débiles o inestables al lado de otra mujer; que las relaciones entre mujeres necesitan de una gran fortaleza emocional por ambas partes para afrontar un mundo violento e inhóspito, poblado de situaciones en las que valores como la comprensión, la inteligencia o la ternura pueden no valer nada. Sentí nuestra sociedad como una terrible jungla en la que solamente se mantiene vivo el más fuerte de los depredadores. Y lamenté que no hayamos caminado más pasos (y que, de hecho, los hayamos desandado en los últimos tiempos) para hacer de nuestras sociedades un lugar en el que el miedo no guíe los pasos de las mujeres, no nuble su vista, no condicione sus conductas de forma que dejen de ser ellas mismas o no se atrevan nunca a serlo.

Vivir la historia desde el otro lado..

Habíamos estado terminando algo en el trabajo. Y además, ya sabíamos que iba a salir bien. Así que quedamos en el bar, donde ya estaban Laura con algunos de los demás. Le pedí a Dante que viniera a recogerme y a unirse a la alegría y la fiesta.

Cuando Dante entró, él estaba hablando conmigo. Sucede a menudo que nos enredemos en una conversación en la que se revuelvan todo lo divino y lo humano varias veces. Puso cara de susto, bajó la cabeza y el tono cordial y luminoso dejó paso a un silencio de tumba, del que solamente salió un par de minutos más tarde, para fingir una animadísima conversación con Laura. Teniendo en cuenta que hacía un rato ni siquiera había saludado a Laura al entrar en el bar, sus sentimientos quedaron demasiado claros para los tres.

Digo en mi defensa que, si yo no me había dado por aludida, no solamente era por no parecer arrogante. Este chico (buen muchacho «la mayor parte del día», y al que, por ocultarle de la mejor forma posible, no cito ni siquiera con un nombre inventado) me había ocultado su heterosexualidad. Sí, es lo que estáis leyendo, no me he equivocado de palabra: se había fingido homosexual delante de mí, a través de una forma de hablar equívoca y sugiriendo «ciertas historias» en el pasado, hablando incluso del «armario», en un día en el que yo le comenté que conservaba como un tesoro la forma tan cariñosa en la que algunos amigos me habían confiado su homosexualidad.

¿Cuál puede ser la razón por la que ocultas tu heterosexualidad ante una chica que sabes que tiene pareja?

Todas las piezas que no encajaban tuvieron sentido de golpe… y lo hicieron allí, a la vista de todo el mundo. Por suerte, casi nadie estaba mirando. Por suerte, para la mayoría, lo que realmente importaba era celebrar lo de todos, el «algo va a salir bien». Nos fuimos retirando, la mayoría con la sonrisa puesta, y yo sintiéndome un poco idiota y un poco culpable al mismo tiempo.

Al día siguiente, Laura mordía como una fiera:

«¿Quién se ha creído que es ese gilipollas para intentar algo? Como si no supiera que tienes pareja. Y además, aunque no la tuvieras no tendrías por qué fijarte en él, que se cree que…»

No me dolió por mí, sino porque las heridas me han hecho ser muy cuidadosa con los sentimientos ajenos. Especialmente si tengo algo que ver en ello, por ejemplo, ser la causa, incluso si no he hecho nada para merecer tales atenciones. Pero en el momento en el que sucede, sí siento una responsabilidad hacia los sentimientos de esa persona. Comprendí con facilidad que sucedía algo más. Laura estaba celosa y por eso descargaba hacia él todas sus iras.

Comparé inconscientemente la reacción de Laura con la de Dante cuando nos fuimos del bar… había sido tan inteligente como respetuosa.

«No me gusta porque no ha sido claro contigo. Fingirse homosexual es no jugar limpio; es intentar facilitarse el camino contando conque la persona no va a estar en guardia contra ti, sino muy confiada. Pero que le gustes… ¿cómo no lo voy a entender…?»

Nuestra conversación siguió por los derroteros de la broma, de esa broma especial entre parejas que sirve para reconocer algo importante: cada día de nuestra vida tenemos derecho a decidir.

«Oye, el chico no está tan mal, a lo mejor te interesa. Más guapo que yo no es… bueno.. ni más alto. Bueno.. ni más simpático. Y seguro que no sabe arreglarte el portátil tan rápido como yo… »

Además de ayudarme a reírme y aligerar mi sentimiento de culpa, comprendí todo lo que ha crecido Dante también con las dificultades que hemos vivido juntos y le valoré todavía un poquito más. Me reconforta mucho la persona en la que se ha convertido, aunque sé que a veces se agota de vivir como vivimos.

No, «el chico» no me llama la atención. Todos los aspectos en los que destacan su inteligencia, capacidades y buen humor, su forma de ser generosa y amable tienen detrás el componente «yo lo hice». Así es su forma de análisis del mundo y de la realidad que vive, si él no puede ser el centro de las aportaciones, si las cosas no pivotan a su alrededor para poder embellecerlas o enriquecerlas él mismo, no le interesan. Un caso curioso. Lo definiría como un generoso egocéntrico, o al revés, un egocéntrico generoso. Su energía es bonita, pero, por desgracia para él, en una relación de pareja a mí también me gusta ser la persona que está más pendiente de hacer las cosas. Con una diferencia: creo que no soy egocéntrica o, al menos, no tanto. O quizá no se me nota tanto o tengo la sensación de que no necesito hablar de mí si ya sé que estoy detrás de lo que se hace o de lo que se construye.

Pero me dolió en él la herida, precisamente porque la tengo tan reciente. Me preocupó que se iría a dormir de morros, que quizá estuviera pasando malos ratos, que en su imaginación quizá esté construyéndonos a los dos juntos planes condenados indudablemente a fracasar, que podrían causarle disgusto y tristeza al estrellarse contra la realidad. Imaginé sueños rotos y desvelados como espejismos, y tengo que decir que también a mí me dolieron. No, otra cosa no puedo hacer, pero sí dolerme de esos planes imaginados junto a la persona incorrecta, junto a alguien que sé que va a decirle que no.

Ha habido acercamientos en lo personal, pero el chico en realidad no ha dicho nada, lo cual simplifica las cosas respecto al «qué hacer». De momento, no tengo que hacer nada. Ser, existir, distinguir los espacios, dar a entender que mis caminos siguen yendo hacia donde iban… y esforzarme por no hacer sangre, por no ahondar en nada que pueda hacer daño. Y, cuando no quede más remedio, si en algún momento se atreve a plantearlo, dejar el «no» tan claro como las posibilidades de elección más abiertas posibles, incluyendo el desaparecer por completo de su paisaje existencial si es lo que necesita.

No, está claro… después de lo vivido, si hay algo que no quiero ser es la «Laura» de nadie.. la persona que dice «no», pero te hace sentir que te necesita dando vueltas a su alrededor. Eso, al menos eso, sí lo he aprendido construyendo a María..

María (Gallardo) y yo

María y yo

Quizá alguien se haya dado cuenta antes, pero efectivamente, el blog Construyendo a María tiene una gran deuda con María y yo. De hecho, algunos habréis observado que muchos de los títulos de las entradas de este blog se llaman así: Laura y yo, María y yo, Pedro y yo…

Anteayer una persona puso en mis manos este libro, pensando que no lo conocía, dejándome de pronto sin habla, con la respiración escasa, todavía con un poquito de miedo, al borde de un abismo interior que no quería plasmar hacia fuera, al menos no con tanta debilidad, no ante alguien que no me conoce lo suficiente.

Miguel Gallardo escribe María y yo entre otras cosas para exorcizar sus miedos y sus demonios interiores, para superar las miradas que le dirige el mundo «normal», lleno de «personas normales» con una vida «como Dios manda», para superar el pánico que le supone ser padre de una criatura distinta, que escapa a los códigos construidos por el ser humano de occidente. Ahí fue donde encontré la conexión entre ellos y yo en el momento en el que dejé de ser tan «normal». Sí, qué hermoso es pensar que las experiencias vividas como María (pues casi todas sabéis ya que ese no es mi nombre real) lo que me han permitido vivir es que la normalidad no existe. Existe la heteronorma, la convención social, lo que hemos querido gobernar y arrebatar a la naturaleza, existen las etiquetas, los miedos, las estructuras creadas por un género humano que se creyó común y genérico, pero que nunca lo fue. Un mundo configurado para hombres, para diestros, para blancos, para heterosexuales con coeficiente intelectual medio, 24 pares de cromosomas, cinco sentidos (el de la empatía que es el sexto no se considera primordial), capacidad para caminar de pie, independencia económica y pulgar oponible.

Mañana, puede que hoy, en algún lugar del mundo temblará la tierra o crecerá el mar, lloverá hasta inundarse la faz de la tierra o el sol secará los campos, aturdirá con su ruido un volcán llenándolo todo de lava.. y en ese lugar todas las estructuras creadas por el ser humano no tendrán ninguna importancia. Sólo servirá el sexto sentido, ese que nos permite ponernos en el lugar del otro y salvarle la vida. Frente a eso, todas nuestras barreras caen a plomo al suelo.

Todas mis barreras se vinieron abajo al descubrir que me gustaban las mujeres. Ya no quedaban tantos muros dentro de mí en ese momento, tras haber erigido demasiados tiempo atrás. Había comprendido la realidad de las «Marías» de nuestro mundo, de las personas distintas. Había comprendido que no merecía la pena esforzarse en demostrar ser uno más, porque nadie es «uno más».. todos somos nuestra propia «mismidad», frase que probablemente podría formular con una enigmática sonrisa el relojero de Alicia en el país de las maravillas.

Pero me faltaba asumir que algo iba a hacer de mí una persona necesitada de la aceptación de esas diferencias, porque yo no quería ser «una más» que necesitase que la sociedad fuese más flexible. Yo quería ser flexible para los demás, pero no el reclamar la flexibilidad de los demás para mí. Así y en ese punto caía en el error de querer ser «normal»…

Mientras temblaba e intentaba que no se notase demasiado (punto por completo imposible), cogí el libro, sonreí y abracé.

Pasé las páginas con sentimientos contrapuestos… pero la conclusión final fue que muchas de estas pruebas ya están superadas. Que mi corazoncito está preparado para lo que tenga que ser; tanto respecto a la diferencia ajena como a mis propias diferencias.